April 17, 2013 VENTANA DE CUENTOS 0

Oscar Perdomo Marín

LA MUERTE COBRÓ DOS VECES

Sebastián Ladera tenía un presentimiento, un negro presentimiento, estaba solo en medio de la muchedumbre y aunque sudaba, tenía frío por dentro, el día de la inauguración de la Feria, cuando todo el mundo estaba de fiesta. la ciudad de Cartagena de Indias era un verdadero río revuelto, tormenta de arena, volcán en erupción, desborde por todos lados. La plaza de San Pedro Claver  , centro emblemático de la amurallada urbe se le antojaba siniestra aquel 13 de marzo de 1843…¿Pero solo él sentía aquella sensación de angustia?. Es mi particular estado de ánimo, se dijo y continuó, abriéndose paso entre la abigarrada multitud. Sentía una casi dolorosa necesidad de integrarse y compartir la euforia de las fiestas y, particularmente, la corrida de toros, anunciada para las cinco de la tarde como un gran acontecimiento y, así como la sombra acompaña al cuerpo, trágicos presagios le taladraban el cerebro. Él le había visto desde lejos en el hotel: Antoñico de Andalucía, la estrella taurina del momento quien con dos diestros más y sus respectivas cuadrillas, habían arribado al puerto, procedentes de Cádiz para honrar las fiestas de la Virgen de la Candelaria. Tenía los ojos inmensos y profundos de soledad, aquel torero. Eso fue lo que Sebastián Ladera sintió y fue suficiente para que se interesara en aquel personaje aislado y taciturno de cabellera larga y mirada ausente y triste.

Una música lejana y el retumbar solitario de un tambor lo sustrajo de la pesadumbre que lo embargaba. La plaza fue poseída por un solemne silencio. Diminuta a la distancia se veía venir la procesión de la Virgen de la Candelaria,Patrona de la ciudad. La romería era un interminable río humano de devotos, que lucían sus mejores galas. Sebastián a duras penas logró salir de la plaza y por momentos se entregó al aquelarre festivo. Avanzó en sentido norte. Por todas partes, grupos de canto y danza esperaban a la imagen para homenajearla y se mezclaban melodías vascas, andaluzas, gallegas, asturianas, canarias con la pegajosa influencia de la sal atlántica colombiana, hecha sensualidad en la piel vibrante con las subterráneas voces africanas en el tan tan  de los tambores y el movimiento de los pies. Cuando terminó la procesión entre lluvia de flores y plegarias, el aire fue una vocinglería infinita, saliendo de la garganta de un gigantesco cuerpo colectivo con miles de brazos y manos alzadas y también, millares de piernas, agitándose sobre el empedrado. El sonido de tumbadoras, maracas, timbales y guitarras, el traqueteo de las castañuelas, los gemidos de alegría y las palmas eran un solo canto de vida, pero la incertidumbre seguía golpeando al alma de Sebastián. Aún así, nuestro hombre persistió en su camino con el objetivo casi obsesivo de llegar a la maestranza, donde tenía un puesto asegurado en tendido de sol. En el camino comería y bebería y quizá se encontrase con un forastero como él, que había llegado a Cartagena en un buque mercante como viajero sin destino definido por las tierras del sur. Cerca del viejo Palacio que fuera del Inquisidor, divisó la conocida figura del padre Gabriel, un jesuita, aventurero como él con quien hizo el trayecto desde Veracruz. Juntaron su curiosidad y se perdieron con el gentío.

Aquí y allá la carreta, las flores, el sombrero de ala ancha multiplicado para desafiar al sol, el chivo, la vaca, el caballo, el perro: animales y personas juntos en el jolgorio. En una esquina, un hombre. Haciendo magia con marionetas, en la otra, una mujer, ofreciendo la lectura de las manos, en aquel rincón, la vieja haciendo predicciones y, de repente, un asno, gallinas y cerdos asustados por el bullicio, tratando de romper las telas de los corrales donde estaban para la venta. La cruz, la mezquita, aunque representada en el turbante ocasional de un nostálgico hijo deAlá, el atuendo y sombrero negro de rabino extraviado en la muchedumbre, el detritus y el perfume caro, mezclado con el sudor barato, un enano, haciendo malabarismos de mano con ocho pelotas a la vez; el hombre orquesta, tocando varios instrumentos simultáneamente y cantando también a intervalos, esperando el sonido de las monedas en bolsa; la mujer de negro, la de rojo, la de blanco, la de azul y a lo lejos, tierra adentro, las pinceladas verdes de la campiña. Todo era un enorme manchón multicolor, continuidad de las callejas, los velones, el Nazareno, el penitente de pies descalzos; en algún lugar invisible, el preso cargado de grilletes, el tabaco, la eterna búsqueda; las apiñadas casas blancas de los pobres, de techos que fueron rojos, trepando, irregulares, el empedrado de callejones para enlazarse con los paseos de los ricos en una eterna cópula urbana entre campanas doblando como muchachos en columpios con ritmos encontrados. Así era la feria: profana y sagrada, demoníaca y celestial, pagana, dionisiaca, impura y hermosa como el hombre que la crea cada cierto tiempo para que el mito de la igualdad sea real por unas horas entre buenos vinos y aguardiente plebeyo, entre tacañerías y bondades de ocasión. Era un dia de licencia, de desborde de bondades ocultas y regalo de sonrisas blancas a los negros y, además, propicio para organizar meriendas con los hambrientos de siempre bajo la sombra tutelar del poder y la admisión de que todos somos hijos de Dios en tierra de tiburones y sardinas, salitre y brisas de mariscos.

Los dos hombres llegaron a un barrio de fuerte sabor valenciano donde celebraban una particular fiesta dentro de la fiesta. Fuego en los cachos, fuego en los cachos con la serena, coreaban los vecinos y de una calleja salió el novillo despavorido con trapos encendidos en los cuernos y una poblada detrás vociferando, jadeante, siguiendo el animal, que finalmente sería sacrificado y hecho gran parrilla para el disfrute de todos y a falta de vino, bueno era el aguardiente.

Esto es bárbaro, pero divertido, hijo, dijo el Padre Gabriel, santiguándose.

Usted me sorprende…

Pensándolo bien como que me regreso a rezar y no sigo a la corrida.

Es su decisión, pero…no me parece.

Tranquilo Sebastián. Andamos juntos en esto. Pero el tema es que me quedo atónito y me entran ganas de auto flagelarme cuando el remordimiento se apodera de mí. Es algo que no se puede evitar, al menos un pecador como yo…

Veinte padre nuestro y un ave María, padre.

No te burles. Yo me quedo petrificado cuando veo al toro gigante en la plaza y observo y escucho a la gente chillando, a veces histérica, si es una mala faena, y veo la sangre corriendo por el albero como el café, mojando el cazabe y al animal cayendo y en ocasiones, el hombre también, cuando pasan de largo las cinco de la tarde a pleno sol. Todo realmente sube de temperatura cuando el toro recibe los primeros capotazos y la gente fuera de sí, comienza a gritar: que lo toquen como si la bestia fuera una mujer asediada por la lascivia de los hombres. Es cosa del Demonio, no me canso de repetirlo. Pero al Diablo hay que enfrentarlo. Eso me digo en mis cavilaciones. Por eso voy contigo a la corrida. Después tendré tiempo de rezar y confesarme.

Usted habla solo del animal lanzando cornadas ¿Acaso el toro no va a morir?

Nunca se sabe y ojalá no tenga yo que pronunciar los Santos oleos a un español, que puede irse para siempre en tierra que fue de indios, pero como se ha dicho desde muy antiguo: el hombre, muriendo en el éxtasis de Lamors triunphalis. El orgasmo del triunfo, hijo mío, entregado a la muerte…a propósito, mira hacia allá, de frente, es la plaza y quedan todavía veinte minutos para que la faena comience.

Al fin, entre jadeos y empellones, lograron entrar a la maestranza orientada al sol. El redondel parecía reverberar de soledad hambrienta. Esa fue la sensación que acosó a Sebastián cuando sintió un terrible silencio interior en medio de la gran algarabía de un coso a reventar atraído por el acontecimiento máximo de la Feria, algo que no se veía en Cartagena desde los tiempos del Virreinato. Era la primera gran corrida, después de 13 años de independencia de España.

Guirnaldas de flores y pendones alegóricos circundaban el redondel de dorada arena, brillante con las quedas tonalidades rojizas de la cinco de la tarde. En la sombra, los hombres notables, trajeados de domingo y algunas mujeres, asomando airosas los maquillajes del poder. El Gobernador de Cartagena que presidia los festejos había roto con la vieja norma de que el espectáculo taurino era asunto de hombres. Sebastián permanecía virtualmente indiferente al apretujado colorido en las gradas atestadas de vistosos sombreros, pañuelos de seda y claveles en los ojales en los reservados y, en los tendidos de sol, la imitación de ala ancha  tejida de hilos de palma, cubriendo las cabezas del pueblo llano.

Magia, lúdico universo. La plaza, pretendida y distante imitación de un coso al estilo de la Maestranza de Sevillarespiraba cierta atmosfera de conjunción de mito y rito y cada cual muy adentro de sí mismo, parecía ansioso por retratarse en el héroe de ocasión. De decirlo se encargaba en su cante una tonadillera andaluza, que paseaba su garbo en el centro del coso, antes de la corrida, algo atípico en espectáculos taurinos, pero permitido esa vez en Cartagena, por la fuerza del mestizaje.

                                 Si él puede ¿por qué no yo?

                                                               Nadie es pequeño ante la muerte

                                                               Nadie es mejor ¿y el torero?

                                                               ¡Válgame Dios¡ Puedo ser yo.

 

Una vieja gritó casi al oído derecho de Sebastián, mientras manoteaba una gran mariposa que se le había colgado al sombrero: Oh, Santísimo Sacramento, ese bicho negro en símbolo de muerte ¡Ave María Purísima!. Otra voz aguardentosa replicó: ¡De mal agüero, a cerrar la boca!  Aquello era una Babel de gritos, cantes, palmas y gemidos histéricos. La corrida estaba a punto de comenzar y la impaciencia parecía llegar al paroxismo. Súbitamente, clarines y timbales impusieron silencio: se iniciaba el paseíllo. Los dos alguacilillos a caballo atraviesan el redondel y piden al presidente la llave de la puerta de los toriles. Detrás van los tres toreros seguidos de sus respectivas cuadrillas: banderilleros, picadores y al final del cortejo, los mozos y mulas de arrastre para retirar al animal muerto.

La expectación llega al máximo hasta que el cortejo se retira y se abre la puerta de los toriles. Comienza el primer tercio El  toro de cuatro hierbas sale a la plaza. El diestro inicia el juego con el capote. Bestia y hombre parecen medirse, calcularse, temerse y atraerse. Un toque de clarín da entrada a los dos picadores a caballo, uno de ellos ejecuta la suerte. Las primeras manchas de sangre tiñen el albero. Es un punto clave de la lidia para lo que viene después; se deja correr al animal, se le incita a los burladeros y se observa como embiste. El primer torero, capote sujeto con las dos manos, llama con sus movimientos al astado, adelantado el capote y sacando hacia atrás la pierna contraria, así provoca la embestida, ejecuta un limpio lance que arranca los primeros oles . Llega el segundo tercio, la suerte de banderillas. Tres pares clavan los de plata sobre el lomo del animal, es la regla que se cumple inexorablemente, más sangre sobre la arena. El diestro se crece: una verónica, otra más, media verónica. Ruge el coso. El diestro parece dialogar con el animal y lo estimula a los medios, porque es allí, en el centro donde ejecutará la Suerte suprema. El toro resiste la provocación, embiste, casi le coge el costillar. Airoso el lance, ovación de pie, tras el intenso instante de silencio que provocó la cercanía de la muerte. El hombre apenas muestra una leve rasgadura en el traje azul y grana a la altura de la rodilla izquierda. Insiste, logra concentrar la mirada del animal sobre la muleta en vez del capote, estimula y arrastra a la bestia a su terreno, se prepara a matar con la espada y cuando el toro embiste, la estocada perfecta en el corazón da cuenta del primero de la tarde.

El momento del sexto toro  se acerca, Antoñico de Málaga reafirmó su clase en el tercero y ahora le tocará el cierre triunfal, la salida en hombros por la puerta grande. El padre Gabriel respira aliviado porque todo, hasta ese momento transcurrió sin novedad, salvo una leve cornada al segundo diestro, pero Sebastián presiente que algo siniestro está a punto de ocurrir y siente que el pecho se le encoge y el buen humor del cura no lo contagia. Hay un receso impuesto por el presidente para que la gente brinde y coma como celebración anticipada del final que todos esperaban apoteósico.

De nuevo el clarín como anunciando el clímax de una contienda memorable llena todos los espacios e impone silencio. Algo parecido a un estremecimiento telúrico parece sacudir a la muchedumbre que plena la plaza cuando de la puerta de los toriles, sale imponente Lobo negro, un toro de cinco hierbas, 562 kilogramos y una mirada profunda, centelleante y soberbia. La adrenalina colectiva subió a sus niveles más altos, cuando el animal como enloquecido y desafiante embestía en todas direcciones, lanzando cornadas al aire. Al fin, Antoñico de Málaga con su capote dominó la situación después que el rejón del picador, manejado con maestría desde el corcel, penetrara la piel del lomo de la bestia y la sangre, otra vez, tiñera las doradas arenas , mientras el toro sale por la derecha.“Ay madre mía de mi alma” gritó la vieja que compartía tendido con Sebastián y el cura cuando las banderillas danzaban, clavadas en la piel de los costillares del toro. “Pobre animal y ahora qué pasará…ay, yo no puedo ver esto, ese toro tiene la cara fea y vengativa, ay Antoñico, ay por Dios”. Sebastián miró a la mujer y ella sentenció con voz de llanto: “No sé, pero algo malo puede suceder, mejor me callo, disculpe usted”. El animal embistió una y otra vez y el diestro desbordó maestría con sus verónicas. Como una erupción volcánica estallo el olé a a cada pase, tan perfectos que en ocasiones parecía que toro y torero compartían un mismo cuerpo.

Un viento extraño por atípico batió la plaza, algunos sombreros volaron y la vieja grito: “¡Ay, madre mía de mi alma, es el viento del demonio, el enemigo mayor del torero, el aliento del Diablo que viene por sangre”. Sebastián trato de apaciguar a la matrona y el cura comento que la superstición en el antiguo Egipto y en Grecia, atribuía malos presagios al viento, pero abajo en el redondel, Antoñico, muy seguro de sí mismo continuaba su faena con una impecable verónica que levantó en vilo a la multitud. El diestro, curtido en las plazas en la batalla contra el miedo, desbordaba majestad en cada lance. De repente, la bestia se detiene, parece no responder al estímulo del capote para la embestida, Antoñico lo enfrenta, lo reta y provoca y hasta en un alarde de suprema maestría y coraje, pone rodilla en tierra frente al toro, lo azuza, saluda con la montera a la multitud rugiente, el diestro mira hacia la Presidencia y justo en ese momento, el toro lo ataca y al parecer lo clava profundo, de nuevo corre la sangre, el coso emite un lamento largo, silencio…el toro cede ante los capotazos de los mozos que acudieron a auxiliar al torero, se aleja de su retador, los camilleros avanzan, Antoñico se incorpora como Lázaro de su tumba ¡Milagro! Gritan desde los tendidos, Sebastián y el cura intercambian incrédulas miradas y abajo, en el redondel, el hombre continúa su faena.

El coso estalla de fervorosa alegría, hasta contener el aliento cuando el torero se prepara para la Suerte suprema, el momento de matar, la gloria máxima de la lidia, el paso hacia la puerta grande y los trofeos, Cartagena de Indias rendida a sus pies. Torea con la muleta en vez del capote. El silencio es tan profundo en la plaza, que hasta podría escucharse la respiración de Antoñico, los acelerados latidos de su corazón y el jadeo del toro…se acerca el final, el diestro toma la espada, maneja con maestría la situación; se percibe dueño de la multitud, mide cada segundo en los movimientos de su cuerpo, aguza la mirada hacia el animal, en un estado de concentración suprema. Desde su tendido, Sebastián cree adivinar que el toro mira directamente a Antoñico. y no al capote. “Es muy peligroso”, piensa, pero admite, que puede ser una suposición suya. Por fin, el animal atiende el reto del matador y embiste, como nunca el diestro expone su cuerpo a la muerte, representada por el toro. Es un instante largo, el hombre se estira por encima de los cuernos, empuja la espada con la mano izquierda y con la derecha encaja profundo el estoque en el morrillo. El animal se dobla lentamente, la multitud ruge y llueven pañuelos y sombreros sobre el redondel. Cae Lobo negro, ahogado en su propia sangre, el matador le da la espalda, saluda victorioso y su sonrisa de triunfo queda como congelada en el aire cuando su cuerpo se dobla enganchado por una cornada profunda del animal, que le penetra los pulmones. Silencio profundo, llanto silencioso de multitud, que termina en lamento largo.

“Se consumó la fiesta del Demonio”, exclamó el Padre Gabriel, mientra bajó raudo al ruedo a prodigar auxilio espiritual. Sebastián lo siguió con la mirada, aunque abajo sobraba gente para recoger el cuerpo sin vida de Antoñico de Málaga y sacar el cadáver del toro de la arena.